Uno de los problemas que más afectan a la sociedad actual, y más en concreto, a la sociedad joven, que será la que dirija este país dentro de no muchos años, es el tremendo error de conceptos que vengo observando desde hace algunos años.
Me explico con algunos ejemplos concretos, que he separado precisamente por conceptos.
Tolerancia
De las muchas acepciones que aparecen en el diccionario de la RAE, la que concierne a las personas y a la sociedad y a la que se refieren cuando hablan de ella es la siguiente:
Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.
Esta tolerancia es la que ha venido persiguiendo la comunidad homosexual durante mucho tiempo. Ellos se califican a sí mismos como muy tolerantes. Qué ironía. ¿Dónde está la tolerancia cuando otro sector de la población pide que se cambie el término de “matrimonio” homosexual por respeto a una tradición heredada? ¿Dónde está la tolerancia cuando se les conceden facilidades y derechos clara y únicamente por tener la tendencia sexual que tienen?
Tolerancia también piden los jóvenes que salen hasta altas horas de la madrugada con el fin de —según ellos— divertirse un rato con sus amigos a base de formar jaleo, ensuciar la ciudad y beber alcohol. ¿Dónde está la tolerancia para con la gente que duerme? Esta pregunta podría enlazarse con el siguiente concepto: libertades personales.
Libertad
De nuevo, de las muchas acepciones que aparecen en el diccionario de la RAE, podríamos quedarnos con la primera de todas ellas:
Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos.
Cuando uno exige libertad personal, para lo que sea, debería pensar hasta qué punto esa libertad que uno pide para sí mismo no coarta la libertad de otras personas. Es decir, volviendo al ejemplo anterior de los jóvenes: ¿con qué derecho uno exige libertad para beber en la calle y formar jaleo cuando, precisamente por eso, está impidiendo la libertad de otras personas al descansar? Y tampoco puede perderse de vista la última frase. Es decir, tú, aun sabiendo que lo que vas a hacer está mal, tienes la libertad de hacerlo. Lo que no puedes hacer nunca es olvidar tus responsabilidades. En eso consiste precisamente la libertad.
Según mi punto de vista, una persona es libre en la medida en la que esa libertad no se interponga en la libertad de otros. Este concepto de libertad está relacionado con el concepto de derecho. Últimamente observo que, sobre todo los jóvenes, exponen sus razones simplemente diciendo: “es que yo tengo derecho a…”, “es que no hay derecho a…” y un largo etcétera. Últimamente la gente está muy equivocada sobre lo que significa “tener derecho a…” y de cuáles son esos derechos. Para empezar, es muy normal exigir derechos y no prestar atención a los deberes. Y, por poner un ejemplo concreto: el botellódromo. “Es que los jóvenes tienen derecho a tener un espacio para poder reunirse, beber alcohol, armar jaleo… etc. sin molestar a los demás”. Error. Los jóvenes no tienen ese derecho. Los jóvenes tendrán muchos otros derechos: derecho a una buena educación, derecho a poder trabajar, derecho a ejercer el voto, etc. Pero, ¿derecho a emborracharse? Por favor… Admitiría que tienen derecho a divertirse, eso es cierto. Pero entonces aquí entra en juego otro debate —aunque no muy alejado de este, que habla en definitiva de conceptos erróneos— sobre qué es y qué no es diversión.
Igualdad
Otro concepto que últimamente está muy de moda. Vuelvo a consultar el diccionario de la RAE:
Conformidad de algo con otra cosa en naturaleza, forma, calidad o cantidad.
Recientemente, el gobierno ha creado un ministerio nuevo: el Ministerio de Igualdad. Yo, personalmente, creo que este ministerio parte de una teoría errónea en su base: todas las personas NO somos iguales. Las mujeres no son iguales que los hombres. Los jóvenes de ahora no son iguales que los jóvenes de hace veinte años. Los niños no son iguales que los mayores. En lo único en lo que sí son iguales es en que todos son personas humanas. Es lo único que hay en común. Por lo tanto, pienso que las leyes que están amparadas en este principio de igualdad erróneo no pueden aportar nada bueno a la sociedad. Más bien aportan y fomentan aún más la segregación, el racismo y el machismo.Un ejemplo muy concreto:
Ley de igualdad (aprobada en 2006, si mal no recuerdo). Según esta ley, los partidos políticos y las Administraciones Públicas deberán contar en sus filas con, aproximadamente, el mismo número de hombres que de mujeres (el porcentaje de personas de cada sexo no podrá ser superior al 60% del total ni inferior al 40%). ¿De verdad que esto es igualdad? Yo pienso que lo que es igualdad es que en las filas de esos partidos políticos estén los más válidos para su puesto, sean hombres o sean mujeres. Que en las administraciones estén las personas que más se merecen el puesto, por méritos, trabajo, validez… no por ser hombre o ser mujer. Un ejemplo práctico: una administración necesita incorporar 10 nuevos trabajadores. Se presentan 15 mujeres y 5 hombres. Resulta que, tras entrevistar a los candidatos, las mujeres son mucho más válidas que los hombres y están mejor preparadas para el puesto. Pero la ley exige que de esos 10 nuevos trabajadores, al menos 4 sean hombres y el resto mujeres. ¿Cuál ha sido el mérito de estos cuatro hombres? ¿Haber nacido hombres? Porque, según la ley, “esto” es “igualdad”.
Como bien habrás leído en el título, este artículo es la primera parte de artículos sucesivos sobre errores de conceptos. Hay muchos y, desgraciadamente, cada vez son más comunes entre la gente.
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